¿Qué nos duele cuando duelen las rodillas?

Recién llegado del retiro de primavera en el Templo Luz Serena he tenido la suerte de leer este fragmento del libro Amor incondicional del que ya he hablado en otras ocasiones. Por lo general cuando uno empieza a practicar meditación con el primer contratiempo inesperado que se encuentra es con el dolor de rodillas. Este primer obstáculo puede parecer insalvable para muchos principiantes. Una correcta comprensión es fundamental para superarlo con éxito. Espero que estas palabras os puedan ayudar a clarificar esta cuestión.

No hay nadie en este mundo que sólo experimente placer y no conozca el dolor, que sólo sepa de ganancia y no de pérdida. Cuando aceptamos esta verdad descubrimos que no es necesario contenerse o rechazar. En vez de tratar de controlar lo que no puede ser controlado, podemos hallar una sensación de seguridad al ser capaces de abordar lo que sucede realmente.

Eso significa tolerar el misterio de las cosas: no juzgar sino cultivar un equilibrio de la mente que permita acoger lo que sucede, sea lo que fuere. Esta aceptación constituye la fuente de nuestra seguridad y de nuestra confianza.

Cuando experimentamos infelicidad o dolor, no es un signo de que las cosas hayan ido terriblemente mal o de que errásemos en algo por no ser capaces de controlar las circunstancias. El dolor y el placer llegan y se van constantemente y, sin embargo, es posible ser feliz. Si aceptas ese misterio, descubrirás a veces que existe libertad en medio de una época muy difícil, precisamente en el meollo de una situación dolorosa. En esos momentos en que comprendemos cuánto somos incapaces de controlar, podemos aprender a dejar que desaparezca.

Al comenzar a entenderlo así, nos desplazamos desde la pugna por controlar todo lo que sobreviene en la existencia al simple deseo de vincularnos verdaderamente con lo que existe. Se trata de un cambio radical en una perspectiva global. Por lo general vivimos en un nivel de rechazo que nos debilita.

Cuando definimos cada vez más experiencias como inaceptables para sentirlas o conocerlas, la existencia se vuelve progresivamente más reducida, más limitada. Cuando nos mostrarnos dispuestos a experimentar todo, podemos hallar en esa aceptación la confianza y certidumbre que antaño buscamos a través del rechazo del cambio. Aprendemos a relacionarnos plenamente con la vida, incluyendo su inseguridad.

Un examen atento de nuestra realidad constituye parte de esta relación. El Buda aludió a los seis modos en que experimentamos el mundo, las seis puertas de la percepción: a través de la vista, el oído, el olfato, el gusto, el tacto, y mediante la puerta de la mente, al pensar, sentir emociones y contemplar imágenes mentales. Esas seis maneras de percepción definen la totalidad de nuestra experiencia. El Buda llegó a decir que cada momento aislado de la vida, que implique una de estas seis experiencias, suscita una percepción. Así, en cada momento experimentamos placer, dolor o neutralidad.

Vemos, por ejemplo, un objeto, y en ese momento nuestra experiencia es placentera, desagradable o neutral. Luego sigue inmediatamente una reacción a esa percepción. Cuando la experiencia es placentera y no queremos que desaparezca, tendemos a retenerla con el apego. Cuando no nos agrada, si es dolorosa, solemos reaccionar con aversión, condenándola o rechazándola. Como a menudo dependemos de un placer y de un dolor intensos para tener la impresión de hallarnos despiertos o con vida, cuando la experiencia es neutral, tendemos a reaccionar durmiéndonos, tanto literalmente como a través de la desatención. En el budismo esta actitud tiene la consideración de una caída en el engaño.

La mayor parte del tiempo nuestros corazones y nuestras mentes responden a las diez mil alegrías y a las diez mil penas, yendo de una a otra banda, en veces sucesivas, entre el júbilo y la desesperación, con un movimiento enérgico a favor o en contra de la experiencia. O respondemos con el rechazo en sus numerosas manifestaciones: indiferencia, represión, inadvertencia, ansiedad encubierta y sentimiento de marginación.

Por fortuna, como reveló el Buda, en vez de hundirnos en tales reacciones condicionadas, podemos aprender a equilibrarnos frente a éstas. Tal equilibrio no significa que dejemos de sentir lo que sucede. La meditación no nos convierte en burbujas de color indeciso y vida vegetativa, desprovistas de todo sentimiento. El Buda enseñó que somos capaces de sentir plenamente el placer sin implorarlo ni aferrarlo, sin definirlo como nuestra felicidad última.

Podemos percibir por completo el dolor sin condenarlo u odiarlo. Y es posible que experimentemos los acontecimientos neutrales, hallándonos plenamente presentes, de tal modo que no se conviertan en periodos de espera hasta que surja algo más interesante. En esta ausencia de reacción radica el estado de ecuanimidad, que nos conduce en cada momento a la libertad.

Al comienzo de mis prácticas de meditación, cuando me encontraba en la India, uno de mis maestros se refería a menudo al milagro de la ausencia de reactividad. Mientras hablaba, se sucedían dentro de mí largos diálogos. «¡Eso es muy estimulante! La posibilidad de que en cada momento puedas experimentar realmente libertad es la enseñanza más maravillosa de la que jamás tuve noticia. ¡Si consiguiera librarme de este dolor de la rodilla, sé que llegaría muy lejos en esta práctica!»

Mi maestro proseguía sus enseñanzas y continuaban también mis comentarios internos: «Es sorprendente. ¡Jamás me he sentido como ahora tan estimulada en toda mi vida por algo! Tuve que haber sido budista en una vida anterior para percibir tanta afinidad con esta doctrina. ¡Si lograse desembarazarme de este dolor de la rodilla, estoy segura de que pronto me sentiría iluminada! Tal vez deba acudir a ese yoga ashram de la India meridional. Allí me pondré en forma. Y no volveré a sentir este dolor. Regresaré dentro de seis meses y entonces recibiré esta enseñanza!»

Aquel estado de conciencia creció y creció hasta que un día, muchos meses después, desperté y comprendí que de lo que había hablado mi maestro y lo que en realidad el Buda dijo se refería al dolor de mi rodilla. Tuve en aquel momento una experiencia desagradable. ¿Cómo planteé la  relación? ¿La capté o todo fue aversión o engaño? ¿O existió una aceptación, dejar que aquello pasara? ¿Se trataba de servidumbre o existía libertad?

En vez de esperar a cambiar mi experiencia presente por algo mejor en el futuro, torné a abrirme al dolor y a honrarlo. Dejé de verlo como irrelevante, como una carga o una maldición, y empecé a percibirlo como la verdad del momento. La enseñanza del Buda no es remota ni abstracta; se refiere a nuestro dolor de la rodilla y al modo de reaccionar en ese instante.

La fuerza de la ecuanimidad procede de una combinación de comprensión y de confianza. Se halla basada en el entendimiento de que el conflicto y la frustración que sentimos cuando no podemos controlar el mundo no procede de nuestra incapacidad para proceder al respecto sino del hecho de que intentemos controlar lo incontrolable. Sabemos que no es posible impedir que muden las estaciones o que suba la marea. Tras el otoño sobreviene el invierno. Puede que no lo prefiramos, pero esperamos que así será porque entendemos y aceptamos su legítimo lugar en un ciclo más amplio, en una imagen mayor. ¿Cabe aplicar el mismo equilibrio sabio a los ciclos y mareas de las experiencias agradables, desagradables y neutrales de nuestra existencia?

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