Ira

En la sociedad contemporánea existe confusión acerca del modo de abordar los sentimientos de aversión. Es difícil, por ejemplo, comprender la diferencia entre sentir ira y desfogarla.

Cuando acometemos una práctica espiritual, importa que nos abramos a todo lo que surja, que admitamos, reconozcamos y aceptemos todo lo que sentimos.

Estamos condicionados desde hace largo tiempo para engañarnos, para mantener ciertas cosas fuera de la esfera de la conciencia, para reprimirlas.

Puede resultar muy curativo superar el rechazo y la represión y abrirnos a los estados de aversión. Pero en ese proceso tal vez tengamos que pagar el precio de extraviarnos en la ira si, por error, la toleramos.

La mayoría de las investigaciones psicológicas contemporáneas indican que la manifestación frecuente de la ira facilita su expresión y acaba por convertirse en hábito. Muchas personas suponen que llevamos dentro una cierta dosis de ira y que, si no deseamos que siga allí, hemos de expulsarla; de alguna manera, una vez arrojada, ya no estará dentro. La ira se asemeja a una cosa sólida. Pero, en realidad, si observamos atentamente, descubriremos que carece de solidez. Se trata de una simple respuesta condicionada que surge y desaparece. Resulta crucial que veamos que, al identificarnos con esos estados pasajeros en apariencia sólidos y permitir que nos gobiernen, somos empujados a actuar en formas que pueden causar daño incluso a nosotros mismos y a otros. Nuestra apertura tiene que realizarse sobre la base de la desidentificación. Reconocer a la aversión o la ira en la mente como transitorios es algo muy diferente de identificamos con ese sentimiento y actuar en consecuencia.

La ira es una emoción muy compleja, constituida por muchos elementos diferentes. Existen componentes entrelazados de decepción, miedo y tristeza. Si se considera el conjunto de las emociones y de los pensamientos, la ira se presenta como algo sólido. Pero si la desintegramos y examinamos sus diversos aspectos, cabe advertir la naturaleza esencial de esta experiencia. Podemos ver que la ira es pasajera, que surge y pasa, como una ola que llega y se va. Es posible advertir que la ira es insatisfactoria; que no nos proporciona una alegría duradera. Que se halla desprovista de un «yo» que la determine; que no surge conforme a voluntad, capricho o deseo del sujeto. Sobreviene cuando las condiciones le son propicias. Podemos ver que no es nuestra, no la poseemos. No cabe controlar la aparición de la ira. Sólo es factible abordarla con destreza.

Si atendemos a la fuerza de la ira, es de hecho posible descubrir muchos aspectos positivos. No se trata de un estado pasivo y complaciente. Posee una energía increíble. La ira es capaz de empujarnos a prescindir de una conducta tal vez inadecuadamente definida por las necesidades de otros; y de enseñarnos a decir no. De este modo sirve también a nuestra integridad, porque la ira puede motivarnos para desoír las demandas del mundo exterior y atender a la voz emanada de nuestro mundo interior. Es un medio de establecer límites y de enfrentarse en cada nivel con la injusticia. La ira no dará nada por supuesto ni lo aceptará simple e irreflexivamente.

La ira tiene además la capacidad de ir al meollo de las cosas; no se limita a  permanecer en el nivel de la superficie. Es muy crítica y muy exigente. Cuenta con el poder de penetrar a través de lo obvio hasta llegar a las cuestiones más ocultas. Por eso es posible que la ira se transforme en sabiduría. Por su naturaleza, comparte con ésta algunas características.

Pero los aspectos negativos de la ira son inmensos y superan con mucho a los positivos. El Buda la describió de esta manera: «Para no llorar más, debes matar a la ira, criminalmente dulce, con su envenenada fuente y su culminación febril.» ¡Y bien dulce que es! Pero resulta pasajera la satisfacción que obtenemos de su expresión, mientras que el dolor dura largo tiempo y nos debilita. Según la psicología budista, la característica de la ira es la brutalidad. Su función es quemar su propio apoyo, como un incendio forestal. No te deja nada; te abandona devastado.

Al igual que ese mismo fuego que se desata libre y salvaje, la ira puede abandonarte muy lejos del lugar al que pretendías ir. La cualidad engañosa de la ira es la responsable de que te extravíes de ese modo. Cuando te pierdes en la ira, no adviertes las numerosas opciones que se te ofrecen y adoptas resoluciones sin tino.

La ira y la aversión se expresan en actos de hostilidad y persecución. La mente se angosta. Aísla a alguien o a algo, se concentra en eso, desarrolla una visión de túnel, sin percibir salida, y concibe a esa experiencia, esa persona o ese objeto como inmutables para siempre. Tal aversión favorece un ciclo interminable de daño y venganza.

Advertimos esta realidad en la política; en las luchas raciales, de clases, nacionales y religiosas. La ira es capaz de unir a los seres humanos con la misma fuerza que el deseo, para que unos arrastren a otros, vinculados por tipos diferentes de venganza y contravenganza, siempre incapaces de dejarla ir y de permanecer inmóviles ellos. El dramaturgo y estadista Vaclav Havel ha señalado certeramente que el odio tiene mucho en común con el deseo, en cuanto que constituye «una fijación en otros, una dependencia, y en realidad una delegación en ellos de parte de la identidad propia… Quien odia anhela el  bjeto de su odio».

En consecuencia, nunca acaba mientras los seres humanos mantengan esos vínculos. Vemos el daño que recibe un pueblo oprimido y que luego, al asumir el poder, se comporta exactamente igual respecto de otro pueblo. Alguien me envía una carta acusándome, y le respondo con otras acusaciones.

¿Cómo puedes salir de semejante situación? ¿Cómo alterarla? Es posible concentrar tu atención más en el sufrimiento de la situación, el tuyo y el de otro, que en tu ira. Puedes preguntarte qué es lo que realmente te irrita. La mayoría de las veces es la ira en el otro. Sucede casi como si esa otra persona fuese un instrumento de la ira, que se desplaza a través de ella y la empuja a cometer actos impropios. No te enoja la boca de alguien cuando te grita; te irrita la ira que le impulsa a gritar. Sumando ira a la ira, sólo lograremos agrandarla.

En un pasaje bien conocido, el Buda dijo: «El odio jamás puede ser extinguido por el odio. Sólo el amor puede lograr que cese el odio. Ésta es una ley eterna» Comenzamos a superar el ciclo de la aversión cuando somos capaces de dejar de vernos como agentes de una venganza. En definitiva, todos los seres son dueños de su propio karma. Si alguien ha causado un daño, sufrirá. Si has sido causa de un agravio, padecerás. Como dijo el Buda en el Dhammapada:

Somos lo que pensamos.
Todo lo que somos emana de nuestros pensamientos.
Con nuestros pensamientos construimos el mundo.
Si hablas o te comportas con mente impura,
sufrirás las consecuencias,
como la rueda sigue al buey que tira del carro…
Si hablas o te comportas con mente pura,
te seguirá la felicidad
como tu sombra, inconmovible.

La felicidad y la desdicha dependen de nuestras acciones. Eso no significa que vayas a sentarte alborozado, pensando: «La lograré en esta vida o en la siguiente.» Por el contrario, has de entender que no debes ser agente de una venganza, que quienes hayan causado sufrimiento, sufrirán. Ésta es una ley impersonal que afecta a todos.
En vísperas de su iluminación, el Buda, entonces conocido como el Bodisatva. Se sentó bajo el Árbol Bodhi, resuelto a no moverse hasta haberla alcanzado. Mara, una figura mítica en la cosmología budista, «asesino de la virtud» y «asesino de la vida», reconoció el gran peligro que corría su reino del engaño con la aspiración al despertar del Bodisatva y le planteó muy diversos retos. Tratando de que renunciara a su propósito, le acosó con la lujuria, la ira y el miedo. Dejó caer sobre el Bodisatva granizadas, tormentas de barro y otras penalidades. Pero él permaneció sereno, inmóvil y firme en su determinación. El último reto de Mara fue inducir la duda en el Bodisatva, a quien dijo: «¿Qué derecho tienes a estar ahí sentado con ese propósito? ¿Qué te hace pensar que sea legítima tu aspiración a la iluminación plena, al despertar completo?» En respuesta a ese reto, el Bodisatva extendió un brazo y tocó el suelo. Puso como testigo a la propia tierra de todas las existencias en que había practicado la generosidad, la paciencia y la virtud. Vida tras vida, había alzado una ola de fuerza moral que le confería el derecho a esa aspiración.

Cuando pienso en la ley del karma, reflexiono a veces sobre este relato. La tierra es testigo y, si hemos causado sufrimiento, sufriremos; si otros han causado sufrimiento, sufrirán. Comprendiendo esta verdad, podemos avanzar. Podemos ser libres.

Del libro de SHARON SALZBERG, AMOR INCONDICIONAL

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