El Vedanta y la Tradición Occidental (fragmento)

 

Enguany el curs online d’estudis budistes ha començat amb força, els alumnes estan prou actius fent preguntes que m’obliguen a clarificar conceptes que ja estaven quedant-se-me oxidats. El que s’aborda en aquest text és prou habitual en les preguntes que em fan. El tema de la reencarnació, el renaixement i la mort sempre ens crida la atenció. N’hi ha una comprensió molt superficial d’aquest fet i pense que aquest text posa prou llum en com la filosofia perenne i el Vedanta en particular aborda aquest fet. Ananda Coomaraswamy és un especialista en aquest camp i malgrat que sense un coneixement previ és difícil comprendre alguns punts del seu pensament és necessari començar a llegir-lo per a poquet a poquet anar endinsar-nos en un terreny a on els conceptes que utilitzem per a funcionar en la vida quotidiana no serveixen.

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El Vedanta y la Tradición Occidental (fragmento)

A. K. Coomaraswamy
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Para regresar a nuestro autómata, consideremos qué ocurre a su muerte. El ser compuesto se disuelve en el cosmos; no hay nada que pueda sobrevivir como una conciencia de ser “esto o aquello”. Los elementos de la entidad psicofísica son separados y repartidos a otros como un legado. Esto es, de hecho, un proceso que ha venido ocurriendo durante la vida de éste-o-aquel, y que puede ser más claramente seguido en la paternidad, repetidamente descrita en la tradición hindú como el “renacimiento del padre en y como el hijo”. Éste-o-aquel vive en sus descendientes directos o indirectos. Ésta es la así llamada doctrina de la “reencarnación”; es la misma que las doctrinas griegas de metasomatosis y metempsicosis; es la doctrina cristiana de nuestra preexistencia en Adán “de acuerdo con la substancia corporal y la virtud seminal”; y es la doctrina moderna de la “recurrencia de los caracteres ancestrales”. Únicamente el hecho de tal transmisión de caracteres psicofisicos puede hacer inteligible lo que en religión es llamado herencia del pecado original, en metafísica herencia de ignorancia, y por el filósofo capacidad innata de conocer en términos de sujeto y objeto. La idea de una Providencia se hace inteligible únicamente cuando estamos convencidos de que nada sucede por azar.

¿Necesitamos decir que ésta no es una doctrina de la reencarnación? ¿Necesitamos decir que ninguna doctrina de la reencarnación -según la cual el verdadero ser y persona de un hombre que haya vivido alguna vez sobre la tierra, ahora muerto, renacerá de otra madre terrestre- ha sido alguna vez enseñada en la India, o por el Budismo, o para el caso, en la tradición neoplatónica o en cualquier otra tradición ortodoxa? En los Brahmanas se establece, del mismo modo categórico que en el Antiguo Testamento, que aquellos que una vez partieron de este mundo han partido para siempre, y que no habrán de ser vistos de nuevo entre los vivos. Desde el punto de vista hindú, como del platónico, todo cambio es una muerte. Morimos y renacemos diariamente, a cada instante, y la muerte, “llegada la hora”, es solamente un caso particular. No afirmamos que nunca se ha abrigado una creencia en la reencarnación en la India. Decimos que tal creencia solamente pudo haber resultado de una mala interpretación popular del lenguaje simbólico de los textos; que la creencia de los eruditos modernos y los teosofistas es el resultado de una mala intepretación de los textos igualmente ingenua y mal informada. Si se preguntase cómo pudo surgir tal error pediríamos que se consideren las siguientes proposiciones de San Agustín y Santo Tomás de Aquino; que nosotros fuimos en Adán “de acuerdo con la substancia corporal y la virtud seminal”; “el cuerpo humano preexistió en los actos previos en sus virtualidades causales”; “Dios no gobierna el mundo directamente, sino por medio de causas mediatas, de lo contrario el mundo habría sido desprovisto de la perfección de la causalidad”; “Como una madre está preñada con la descendencia aún no nacida, así el mundo está preñado con las causas de las cosas que aún no han ocurrido”; “El destino subyace en las causas creadas mismas”. Si estos textos hubiesen sido extraídos de los Upanishads o del Budismo, ¿no hubiésemos podido ver en ellos no sólo lo que en realidad contienen, la doctrina del karma, sino también una doctrina de la “reencarnación”?

Por “reencarnación” entendemos un supuesto renacimiento en este mundo del verdadero ser y persona del difunto. Afirmamos que esto es una imposibilidad, por buenas y suficientes razones metafísicas. La consideración principal es ésta: en tanto que el cosmos comprende un rango indefinido de posibilidades, todas las cuales deben ser realizadas en una duración igualmente indefinida, el universo presente habrá completado su curso cuando todas sus potencialidades hayan sido reducidas a acto -justo como cada vida humana completa su curso cuando todas sus posibilidades han sido agotadas. El fin de una eviternidad habrá sido alcanzado sin lugar para repetición alguna de sucesos o recurrencia alguna de condiciones pasadas. La sucesión temporal implica una sucesión de cosas diferentes. La historía se repite a sí misma en tipos, pero no puede repetirse en algún hecho singular. Podemos hablar de una “migración” de “genes” y llamarle un renacimiento de tipos, pero esta reencarnación de caracteres de éste-o-aquel debe ser distinguida de la “transmigración” de una persona verdadera.

Tales son la vida y la muerte de un animal racional y mortal. Pero cuando Boecio confiesa que él es justo este animal, la Sabiduría replica que este hombre ha olvidado quién es. Es en este punto donde nos separamos del “no-hay-más-que-esto” o “materialista” y “sentimentalista” (entrecomillamos estas dos palabras porque “materia” es lo que es “sentido”). Tengamos en mente la definición cristiana del hombre como “cuerpo, alma y espíritu”. El Vedanta afirma que únicamente el ser verdadero del hombre es espiritual, y que este ser suyo no está “en” algo o en alguna “parte” de él sino que solamente está reflejado en él. Afirma, en otras palabras, que este ser no se encuentra en el plano de la contingencia o en algún sentido limitado por el campo de éste-o-aquel, sino que se extiende desde este campo hasta su centro, sin importar las vallas que atraviesa. Entonces, lo que ocurre en la muerte, sobre y por encima de la aniquilación de éste-o-aquel, es una retirada del espíritu del vehículo fenoménico del cual ha sido la “vida”. Hablamos, por consiguiente, con la más estricta precisión cuando nos referimos a la muerte como “entregar el espíritu” o cuando decimos que éste-o-aquel “expira”. Necesitamos recordar, entre paréntesis, que este “espíritu” no es un espíritu en el sentido de los espiritualistas, no es una “personalidad superviviente”, sino un principio puramente intelectual tal como aquel del cual están hechas las ideas: es “espíritu” en el mismo sentido en el que el Espíritu Santo es Sanctus Spiritus. Así pues, en la muerte, el polvo retorna al polvo y el espíritu a su fuente.

Se sigue de lo anterior que la muerte de éste-o-aquel involucra dos posibilidades, que son aproximadamente las implicadas en las expresiones familiares “salvado” o “condenado”. O bien la conciencia de ser de éste-o-aquel se ha centrado en el yo contingente y debe perecer con él, o bien se ha centrado en el espíritu y parte con él. Es el espíritu, como lo expresan los textos vedantinos, quien “permanece aparte” cuando el cuerpo y el alma son deshechos. Comenzamos a ver ahora lo que se pretende con el gran precepto “conócete a ti mismo”. Suponiendo que nuestra conciencia de ser se ha centrado en el espíritu -podemos decir, cuanto más completamente hayamos “llegado a ser lo que somos” o hayamos “despertado”- antes de la disolución del cuerpo, nuestra próxima aparición o “renacimiento” será más cercano al centro del campo. En la muerte nuestra conciencia de ser no va a ningún sitio sino a aquel en donde ya se encuentra.

Posteriormente consideraremos el caso de aquel cuya conciencia de ser ha despertado más allá de la última de nuestras veintiún vallas o niveles de referencia y para quien solamente queda un vigesimosegundo pasaje. Por el momento consideremos solamente el primer paso. Si hemos dado este paso antes de morir -si en algún grado hemos vivido “en el espíritu” y no meramente como animales racionales- habremos cruzado, cuando el cuerpo y el alma sean disueltos en el cosmos, más allá de la primera de las vallas o circunferencias que se encuentran entre nosotros y el Espectador Central de todas las cosas, el Sol Celestial, el Espíritu y la Verdad. Habremos venido al ser en un nuevo ambiente donde, por ejemplo, puede todavía haber una duración pero no en nuestro sentido actual de un tiempo que transcurre. No habremos llevado con nosotros ninguno de los aparatos psicofísicos en los que una memoria sensitiva puede ser inherente. Tan sólo las “virtudes intelectuales” sobreviven. Esto no es la sobrevivencia de una “personalidad” (que fue una propiedad que legamos al partir); es la continuación del ser de la auténtica esencia de éste-o-aquel, pero libre de la abultada carga de sus limitaciones anteriores. Habremos cruzado al más allá sin interrupción de nuestra conciencia de ser.

De esta manera, por una sucesión de muertes y renacimientos, todas las vallas pueden ser superadas. El sendero a seguir será aquel del rayo espiritual o radio que nos une con el Sol Central. Éste es el único puente que se tiende sobre el río de la vida que separa esta orilla de la otra. La palabra “puente” es empleada deliberadamente, porque éste es el “camino más estrecho que el filo de una navaja”, el puente Cinvat del Avesta, el “puente de espanto” -familiar a los folkloristas y que nadie sino un héroe solar puede cruzar-; es un largo puente de luz consubstancial a su fuente. El Veda lo expresa diciendo “Él mismo es el puente” -descripción que corresponde a la cristiana “Yo soy el Camino”. Ya se habrá advertido que el paso de este puente constituye, por estados que son definidos por sus puntos de intersección con nuestras veintiún circunferencias, lo que propiamente es llamado una transmigración o regeneración progresiva. Cada paso de este camino ha sido marcado por la muerte de un “yo” anterior y un consecuente e inmediato “renacimiento” como “otro hombre”. Debemos interpolar aquí que esta exposición ha sido inevitablemente sobresimplificada. Se han distinguido dos direcciones de movimiento -uno circunferencial y determinado, el otro centrípeto y libre- pero no hemos dejado claro que su resultado solamente puede ser indicado correctamente por una espiral.

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Moltes gràcies pel teu comentari.